Detener a manifestantes: Negocio redondo

Detener a manifestantes: Negocio redondo

Las protestas son escenario de atropellos y violaciones a los Derechos Humanos. La Policía y Guardia Nacional vieron en ellas la oportunidad de hacer negocios. Por venalidad, también ponen los grilletes a quienes se alzan en contra del gobierno de Nicolás Maduro. Algunas víctimas, amén de sortear los abusos por disentir, deben pagar las extorsiones monetarias que aseguran la pronta libertad

Salir a manifestar puede significar no volver. “Prefiero que me maten a que me metan preso”, expresó un estudiante en la movilización del lunes primero de mayo de 2017. El temor a los barrotes por parte de los organismos de seguridad del Estado acecha a quienes protestan en contra del gobierno de Nicolás Maduro. En muchos casos, los apresados han de arrostrar a la justicia venezolana por crímenes no cometidos. ¿Qué vale la libertad? Antes de verse en confinamiento, hay ciudadanos que se valen de cualquier tipo de mecanismos, fraudulentos o no. Incluso hay quienes aguantan torturas y maltratos para evitar conflictos. Se trata de un “sálvese quien pueda”. Las reglas no están escritas. Solo valen las jugadas de policías, fiscales y jueces. Extorsiones, maltratos, negociaciones y contactos se entretejen en un sistema corrompido luego de poner las esposas.

El papá de Pedro* lo vivió. Su hijo, estudiante universitario, fue detenido en medio de las manifestaciones del día 20 de abril. Iba con un amigo y un primo. Mientras buscaban esquivar el piquete de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) en la Avenida Libertador, uno de ellos los paró. Les pidió sus documentos y revisó sus bolsos. Pedro guardaba una máscara de gas —precaución por las bombas lacrimógenas. Fue motivo suficiente para empujarlos con: “Nos llevamos a estos”.

Pasaron dos horas y el padre no sabía del paradero de Pedro. Decidió llamarlo y se encontró con la sorpresa: “Su hijo está preso”. No supo el porqué. Le recomendaron manejar el caso como un secuestro; no dar información a ninguna organización y comenzar a recolectar dinero. “No quería que pasara por régimen de presentación. Él no había hecho nada malo”. El padre no volvió hablar con su vástago ni se comunicó con los guardias —le habían robado el celular. Además, militares de cierta importancia comenzaron a fungir de negociadores. Por no haber cometido delito, las vías regulares no parecían prometedoras. “Yo estaba hasta dispuesto a pagar”, afirma. Claro que no hay ayuda desinteresada: “No me exigieron una cantidad, pero sí algunos ‘favores’. Quien me asistió en el proceso me pidió el dinero para arreglar su carro”.

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